domingo

UNA CATEDRAL DE PRECIO TASADO

Crítica acompasada de la novela La catedral del mar, de Ildefonso Falcones



Nada tengo contra que una persona, aunque se llame Ildefonso, escriba un libro y, de sopetón, se convierta en un fenómeno editorial, triunfe y prospere. No me corroe, lo puedo jurar, la envidia, no me ahoga la bilis, no me rechinan los dientes, y es falso, amigo lector, eso que dicen que fabriqué un muñeco a imagen del exitoso y durante noches enteras me dediqué a clavarle alfileres. No hagas caso de esas habladurías, lector hercúleo. Antes bien, te aseguro que me alegré bastante de la proeza ildefonsí; del hecho inusual de que un outsider, un aficionado a las letras, se dedique durante años a pergeñar una novela y, cuando al fin consigue darla a la imprenta, suscite el pasmo y la admiración general, logre que no se hable de otra cosa, que la gente se arremoline en las librerías y que se produzcan tumultos para conseguir el último ejemplar del estante. Yo pasaba con mi coche por las avenidas, haciendo sonar el claxon. “¡Viva Ildefonso!”, gritaba. “¡Viva!”, me respondía la gente con un enorme alborozo, agitando el libro sobre sus cabezas.

Todo tenía un color distinto aquel verano en que floreció La catedral del mar. Yo llegué a pensar, incluso, que en Falcones se había encarnado, de repente, esa figura que durante tanto tiempo llevaba aguardando. Por fin, me decía, ese aventurero —genio o sinvergüenza da lo mismo— que irrumpe en la corte imperial con su armadura dorada, espada en ristre, al asalto de las doncellas, y acaba sacando a la literatura del muermo y pone fin a toda esa endogamia que la está haciendo resbalar hacia la idiocia. Por fin el escritor que con la sola arma de su imaginación y su talento viene a sanear este pantano de aguas estancadas.

Mantuve estas esperanzas durante un tiempo; en concreto, hasta el día que leí una entrevista donde Falcones declaraba, sin rebozo alguno, que si bien la idea y la primera redacción de La catedral del mar habían sido obra suya, una vez pergeñado esto había llevado el bosquejo a diversos talleres literarios y escuelas de escritura para que, al precio que tuvieran por costumbre, le pulieran el texto y se lo dejarán niquelado. Declaraba Ildefonso, muy en su papel de tipo moderno y empresarial, que no había nada de malo en recurrir a los expertos para que te tuneen una novela, del mismo modo, más o menos, en que uno deja sus acciones en manos de un broker o confía sus asuntos legales a un bufete. Son los tiempos modernos, venía a señalar. Lo importante es conseguir un producto comercial, vendible —y rentable, añado yo—; en este caso un producto literario; para ello, todo lo que se refiere a creación y escritura se ha externalizado (outsourcing), como mandan los modernos métodos de gestión empresarial, y se le ha encomendado a una empresa de servicios especializada, en aras de conseguir una mayor eficiencia en el proceso y una optimización de los recursos.

También una mejor adaptación a los ciclos de producción, y muchas otras ventajas más…
No sería justo que Falcones, recién llegado a esta poza, y en el fondo el más sincero de los escritores actuales, tuviera que pagar por los pecados del resto. En el fondo, oh lector esmerilado, te digo incluso que hace bien. ¿A qué andarse con sutilezas y excusas?; venga directamente a la conquista del bestsellerato, con lo que esté de moda —en nuestros días, la novela histórica— y si alguien se siente ofendido, que le den mercromina.

A esto yo no tengo nada que objetar. Pero pensé luego, sin embargo, que ya que el tocho catedralicio había sido concebido por y para el éxito a toda costa, quizás pudiera servirme como arquetipo del modo en que se novela hoy, como ejemplo de artimañas, itinerario de tretas y manual de las argucias que se emplean para fabricar un superventas. Decidí intrincarme, pues, en la novela en busca de sus claves comerciales.

La catedral del mar comienza con una descripción, cercana a las seis páginas, de un banquete de bodas medieval. Es una descripción, como si dijéramos, “a vista de pájaro”, sin demasiados pormenores; de vez en cuando, asistimos a un detalle, una pincelada, un fragmento de conversación… Si algo distingue a las novelas hodiernas es que nacen preparadas ya para su pronta adaptación al cine; a medio camino entre la novela y el guión, suelen ser fácilmente reversibles, para que, llegado el caso, no haya que gastar mucho en la adaptación. El comienzo descriptivo de La catedral del mar, por ejemplo, se presta maravillosamente a ser empleado como fondo mientras sobre la pantalla van surgiendo los títulos de crédito. A la sexta página, cuando el autor calcula que ya habrá aparecido el “dirigido por” —o, con un poco de suerte, el “directed by”— comienza la acción.

Pág. 14: Irrumpe en medio del banquete nupcial el señor de Navarcles. “No me gusta nada esta visita”, murmura uno de los convidados. Se presenta a caballo, con aspecto grave, lanzando miradas torvas e intimidando, con el piafar de su caballo, a la concurrencia, que hasta entonces se lo estaba pasando dabuten. Algo, un instinto, un pálpito, me hace sospechar que este Navarcles va a ser el malo de la novela. Le falta prorrumpir en risas estridentes, pero todo, sin duda, se andará.

Bernat, el novio, en su condición de tal, es el primero que va a recibir al recién llegado y que, por tanto, se confronta con él. Enseguida se advierte que es un buen chico, amable, limpio, trabajador, amante de los animales, amigo de sus amigos, colaborador con varios oenegés… Pese al mal rollo que se desprende de la figura del intruso, Bernat, siempre atento, le invita a apearse de su montura y a tomar un aperitivo. Algo, de nuevo un pálpito, me dice que este Bernat está llamado a constituirse en el bueno de la novela.

Pág. 16: El tal Navarcles, después de las presentaciones, se ha lanzado a interpretar, sin preámbulo alguno, su papel de macarra del Medioevo. “Continuad con vuestra fiesta –gritó con una pierna de cordero en la mano-. ¡Vamos, venga, adelante!”, pero a los invitados se les ha cortado el rollo. “¡Reíd, maldita sea!”. Y a una anciana que, al ir a servirle vino, le ha salpicado con unas pocas gotas, a punto está de darle un piño. Que te meto un meco, le dice. Poco más o menos.

Pág. 18: Navarcles, que es el señor feudal de los contornos, después de tomarse unas copas decide que va a hacer uso del derecho de pernada que le confiere la ley, y va a ser por tanto el primero en yogar con Francesca, la novia. Luego lanza esa carcajada que durante tanto tiempo —cuatro páginas— se ha hecho esperar. El lector ya empezaba a pensar que Falcones y sus asesores no habían sabido construir como es debido el personaje del malo.

Una vez ha reído varias veces, Navarcles se lleva a la moza, cargada al hombro (verídico), a un cuarto interior. Al cabo de un rato —“que a Bernat le pareció interminable”, escribe Ildefonso tras reunirse con sus asesores—, el malvado reaparece atándose los zaragüelles. Después de alguna perrería más, en la pág. 21 el vil Navarcles abandona la escena.

—¿Qué tal lo he hecho? —parece preguntar a la vuelta del papel.
—Bien, muy bien —parecen responderle el autor y sus consejeros-; descansa un rato que dentro de poco vuelves a aparecer. Tal es la sensación de irrealidad del conjunto.

Marchado Navarcles, se reparten entonces unas monedas a los extras que han hecho de invitados a la boda, para que abandonen el lugar puesto que ya no hacen falta, y el capítulo se cierra con unas emotivas palabras para describir la desolación que se ha apoderado de los novios. Perfecto —opina el asesor, apartando un poco la vista de los folios—. Un primer capítulo de impacto para atraer la atención del lector. Esto marcha. Sigamos.

Fundido en negro; entramos en el capítulo 2. “Francesca vagaba por la masía como un alma en pena”, es la frase con que se abre este capítulo, pág. 23. Antaño, entre los escritores a la vieja usanza, era obligación ser original, insólito, sorprendente. Intentarlo al menos. A ningún juntaletras con un mínimo de pulcritud se le hubiera ocurrido entonces empezar capítulo, que al fin y al cabo es como un pequeño inicio de libro, con una frase tan enmohecida y una comparación tan blandengue. Hogaño, implantadas las sociedades mercantiles de escritura, no hay lugar para estas delicadezas; las frases se compran al peso, la producción es en serie y el resultado se mide de acuerdo a un índice interanual. Así, en esta misma página, un poco más adelante: “La violación se interponía entre ellos como una barrera infranqueable”.

A consecuencia de dicha violación, ejercida como derecho de pernada por el malvado Navarcles, nos cuenta Ildefonso que entre Francesca y Bernat, la mujer y el marido, hay una situación tirante, el matrimonio no funciona, la relación se llena de silencios, cuando se cruzan por los pasillos sus miradas se esquivan… Conviene recordar aquí que estamos ante una novela histórica, y mal que bien, con sus licencias narrativas, tales novelas deben intentar reflejar el ambiente de una época. Dicho lo cual, oh lector platirrino, ¿puede alguien creerse este comportamiento en un matrimonio del Medioevo?, ¿este actuar como el dúo Pimpinela?, ¿habrá quien piense que en aquellos siglos, entre la clase más bien labriega, la gente se preocupaba por el estado de su relación conyugal? Antes bien, en aquel tiempo las esposas ni siquiera podían plantearse el estar insatisfechas, ni los esposos se sentían preocupados por si cónyuge era feliz o no. Entre otras cosas, porque el concepto de felicidad en aquel tiempo no era ni remotamente parecido al actual. ¡Ni siquiera la violación de una mujer se contemplaba entonces como se contempla hoy! No niego que Bernat, en la novela, pueda sentir pena por Francesca, pero tal como aquí se nos describe es un sentimiento moderno, anacrónico, inconcebible.

Nueve meses después de las infaustas nupcias, en la pág. 29, Francesca da a luz a un niño. A Bernat, durante algunas páginas, le consume la duda de si el recién nacido pudiera ser en realidad hijo del pérfido Navarcles, fruto siniestro del derecho de pernada. De pronto, cuando más desesperado está, Bernat recuerda un pequeño detalle: recuerda —¡ah!— que los varones de su apellido, los Estanyol, muestran todos, indefectiblemente, a manera de copyright, un lunar antipiratería que los distingue. Bernat corre a comprobar si el rorro, de nombre Arnau, está marcado por el lunar y sí, lo está, para descanso del lector.

Bromas aparte, esto del rasgo genético, de la mancha familiar que permite distinguir al legítimo heredero, se dejó de utilizar, según lo tengo estudiado, allá por tiempos de Chindasvinto, por parecerles a los autores de aquel entonces un recurso anticuado, facilón, en exceso melodramático y bastantico cursi. Pero eso era, como digo, en aquel entonces. Actualmente, las fábricas de bestsellers hacen carne picada con todo y lo embuten luego en párrafos como salchichas.

Herido el malandrín Navarcles en su virilidad, por aquello de que el hijo de Francesca finalmente no fuera suyo, decide hacer uso de nuevo de sus derechos feudales y rapta a la mujer (pág. 32) para que sirva de nodriza a su hijo, don Jaume. Entre toma y toma, Navarcles y sus compinches se dedican a violar a la malhadada Francesca. Un poco exagerado en lo perverso me parece este Navarcles; más si tenemos en cuenta que la infortunada mujer estaba amamantando a su progenie, por lo que no parece muy lógico, incluso en la maldad, darle tan mala vida que acabe por enflaquecer y demacrarse al extremo. Pero, en fin, todo sea por ascender en la escala del dramatismo, de la emotividad, de la tragedia…

A Falcones se le nota cómodo en esta tesitura; sus asesores, además, le han dicho que al común de la gente le gusta el morbo, la truculencia y el desgarro, y allá que va Ildefonso entonces con la reductora metida. De la pág. 34 a la pág. 40 se nos narra cómo Bernat, el bueno de Bernat, encuentra a su hijo moribundo, cómo lo libra de la muerte alimentándole con migas de pan, cómo tiene que huir por el monte, cruzar ríos y escalar barrancos, como en el anuncio de Movistar, con el bebe apretado contra su pecho, repitiéndole “saldremos de ésta”, hasta que acaban guareciéndose en una cueva, antigua guarida de fieras. Entretanto, Francesca, la mujer, despedida como nodriza, vaga por los estercoleros…

La catedral del mar se presta de manera idónea, como novela de éxito fulgurante, para vislumbrar a su través las claves del gusto contemporáneo. Basta con leer estas seis páginas, y echar luego un vistazo alrededor, para advertir cómo hoy en día lo que priva es la acumulación, la montonera, lo grande y desmesurado. Nos gusta el cuadro enorme, la estatua de diez metros, el mural y la ópera con coros populosos. En el cine, los efectos especiales, las explosiones muchas, las persecuciones en las que se despanzurran por lo menos veinte coches. Lo que pega es la música a todo trapo, el sexo a todas horas, las pizzas llenas de ingredientes, los viajes de placer todo incluido. La alta velocidad y el macrobotellón. Nuestra cultura se ahoga en la inflación, apenas si puede andar, víctima del sobrepeso. “It´s the end of the world as we know it”, canta REM, con compulsiva palabrería. Vivimos encima de una caldera a presión, alimentada cada vez con más madera. Es tiempo de Guinness, de Harry Potter, o de Catedral del mar, donde, para crear un sentimiento trágico, se suceden nueve escenas lacrimógenas, una detrás de otra.

En la pág. 41, Bernat sale de la cueva y marcha a Barcelona, donde le han dicho que si vive un año y un día (verídico) sin que le capturen, deja de ser un siervo feudal y pasa a ser un hombre libre. Después de una entrada en la Ciudad Condal literariamente bastante aseada, todo hay que decirlo, Bernat llega al cabo de siete páginas a ca´ su hermana, que está casada con un rico alfarero, a la sazón ausente por motivos de negocio. La mujer se sincera con su hermano: el alfarero antes era cariñoso y detallista, pero desde que triunfa en los negocios, ha cambiado mucho. Ya no tiene tiempo para ella ni para sus hijos, está todo el día pendiente de las ganancias, sufre, en fin, de stress y de burn-out, ese síndrome del trabajador quemado tan propio del mundo medieval.

En éstas, pág. 52, llega el alfarero workaholic (adicto al trabajo, se decía en el Medioevo). El alfarero tiene nombre de mucha fiereza: Grau, y tal vez por ello, monta en cólera cuando se entera que su mujer ha alojado en la casa a un siervo fugitivo, algo que le podría causar problemas con la nobleza de cara a su reputación. Al final, la esposa le convence, no alcanzo a entender muy bien cómo, para que dé asilo a Bernat.

Bernat queda alojado, pues, en el taller del alfarero, donde sufre el duro trato que se daba entonces a los aprendices: insultos, patadas, latigazos… Bernat es, sin embargo, un rebelde por naturaleza (su comportamiento parece estar tomado, en gran medida, de Paul Newman en La leyenda del indomable). Así, cierta vez (pág. 55) en que el capataz, “gritando como un poseso” le va a dar un rebencazo, Bernat se planta serio frente a él: “Hazlo y te mataré”, le dice, y el otro, poseso, se achanta. Lo dicho, un tipo duro, indómito e insubordinado. Lástima que no mostrara tal carácter, ni siquiera se le atisbara, en las primeras páginas de la novela, mientras estaban procediendo a violar a su novia; pero es que entonces, lector, hay que comprenderlo, todavía no estaba metido en su papel.

Un raro pálpito me había hecho suponer que, según entrara en el taller de su cuñado, nuestro héroe Bernat, por honrado, trabajador, leal y todo el conjunto de sus buenas prendas —por enrollado, en fin—, pronto se haría con el respeto de sus compañeros; aún más, prosperaría y se convertiría en el dueño del cotarro. Es lo que suele pasar con los buenos chicos de las novelas; y en ésta sucede, efectivamente, en la pág. 57.

Dicen de los bestsellers al uso que su principal virtud es que los lectores se identifican con ellos, que lo que cuentan resulta cercano y familiar… ¿Cómo no va a resultar cercano y familiar, pregunto yo, si lo habremos leído, antes que ésa, doscientos treinta veces?

Mientras tanto, pág. 62, el cuñado de nuestro héroe, Grau, se ha convertido en un tiburón financiero. En el clásico capitoste sin escrúpulos. No es difícil barruntar que aquí se está gestando un futuro rufián, y que dentro de unas pocas páginas no tendrá otro objetivo en la vida que hacer la pascua a nuestro nunca bien alabado protagonista.

Muy pronto habrá de dar muestras este Grau de su carácter feroz. Diría más: de su carácter chungo. En la pág. 71, sin ir más lejos, se le muere accidentalmente un hijo y el innoble Grau, lejos de apostar por la paz, por la concordia y por la unidad de las fuerzas democráticas, toma un látigo de siete colas y azota con él a la sierva que se encargaba del cuidado de los niños hasta causarle la muerte. A Bernat, esto de que azoten a una persona le parece impropio, inusitado y, desde luego, ofensivo para su sensibilidad —conviene recordar, lector, que la acción está situada en 1329—. Es por ello que, en cuanto puede (pág. 73), decide despedirse y le dice al capataz que le vaya preparando el finiquito. Como en 1329 no saben muy bien lo que es eso, al final le convencen para que se quede en el taller.

Al final (pág. 76), Bernat consigue la ciudadanía barcelonesa, pero no la disfruta, sin embargo, como es debido, porque su pequeño hijo Arnau se muestra triste. Pág. 77: “Bernat intentaba hablar con él y animarlo. Tienes que buscar amigos, quiso decirle en una ocasión”. Si de algo presumen los autores actuales de novela histórica es de la exhaustividad con que se documentan; aunque más pienso yo, por ésta y otras novelas, que esa tan cacareada documentación es, en el fondo, muy superficial, sobre vestidos, cachivaches y palabros. En ningún momento se pretende llegar a los comportamientos, las creencias y la sensibilidad de la época de que se trate. El resultado son tipos de hoy, con mentalidad de hoy, sólo que embutidos en trajes de época y hablando raro. Así, en la pág. 85 se nos cuenta de una mujer a la que han encerrado en un cuartucho de por vida, rea de adulterio. Tanto Bernat como su hijo Arnau se enternecen sobremanera con esta historia, que el hijo le cuenta al padre mientras éste le acaricia la cabeza al anochecer, en el momento en que ya todos los siervos duermen. Ambos miran al fuego porque entonces no había televisor.

Apenas una página después, rompe diques la cursilería. Para ahorrarle penas, Bernat le cuenta a su hijo que es huérfano, pero no debe preocuparse, porque “a todos los niños que se quedan sin madre, como tú, Dios les da otra: la Virgen María”. Arnau se sobresalta entonces. Tendrá ocho años a la sazón, ¡y en todo este tiempo, corriendo el año 1329, no ha oído hablar nunca de la Virgen María! “¿Dónde está esa María?”, pregunta, alanceado por la curiosidad. “En las iglesias”, le responde su padre. Y al capítulo siguiente, ya está el muchacho, en compañía de un amigo, buscando una iglesia, o como se llame, por toda la Ciudad Condal. Dado que ninguno de los dos ha visto nunca antes, ¡en 1329!, una iglesia, les cuesta varias páginas dar con una.

Cuando al fin encuentran una de ésas como se diga, quedan admirados (pág. 92) por su grandiosidad. Y eso que todavía está en obras. Se trata de la iglesia de Santa María del Mar. Un obrero que pasa a espaldas de los muchachos mientras estos contemplan atónitos la construcción les anuncia que está llamada a ser una iglesia muy importante, más incluso que la catedral, porque “la catedral la pagan los nobles y la ciudad; sin embargo, esta iglesia la paga y la construye el pueblo”. Era un obrero, como se ve, concienciado. Posiblemente votante de IU.

Los chavales oyen que el templo está bajo la advocación de la Virgen y allá que se precipitan entonces en su interior, esperando hallar a tan fabulosa mujer… Pero antes, un poco de historia de Barcelona (págs. 94 y 95). A destacar el tono folletinesco: “Ya entonces existía allí una pequeña iglesia, emplazada en el lugar donde supuestamente había sido martirizada Santa Eulalia en el año 303 (…); la iglesia de Santa María de las Arenas recibió ese nombre por hallarse edificada precisamente en las arenas de la playa de Barcelona (…); el transcurso del tiempo obligó a la ciudad a buscar nuevos terrenos extramuros en los que dar cabida a la incipiente burguesía (…); después de que el barrio de la Ribera de la Mar de Barcelona se convirtiera en un lugar próspero y rico, la antigua iglesia románica a la que acudían los pescadores se quedó pequeña y pobre para sus prósperos y ricos parroquianos…”(todo era riqueza y prosperidad en la Barcelona de la época, como se puede ver). En fin, folletinesco digo de “folleto”, no de “folletín”, porque, en efecto, todo esto parece sacado de un tríptico turístico. Ha sido incluido, además, sin criterio ni discriminación algunos. Porque, Ildefonso, hombre, ¿no te das cuenta de que si hablas de iglesias “románicas” te estás poniendo en la posición de un hombre actual y alejándote con ello de toda cercanía, proximidad e implicación con los hechos que narras en tu novela? A no ser que creas, naturalmente, y contigo tus asesores, que la gente de la época conocía, valoraba y clasificaba el estilo en que estaba edificando, y era costumbre decir, por ejemplo: “vamos a construir una catedral de estilo gótico tardío” o “qué bien nos ha quedado este templo prerrománico”. Ya sé, Ildefonso, que con el trabajo que cuesta documentarse da pena tener que tirar algunos datos a la papelera, pero en este caso, ciertamente, hubiera sido preferible.

Los chicos entran en la como se llamara aquel edificio y quedan asombrados (pág. 96) por las personas que, de rodillas ante la imagen de la Virgen, murmullan letanías. Al poco rato, se enteran de que eso se llama “rezar”. El asombro de los muchachos es comprensible, si tenemos en cuenta que ambos provienen de familias laicas. Las típicas familias laicas del Medioevo.

Sumidos aún en el asombro, los dos mozuelos se preguntan para sí por la razón de tanto andamio como se ve por la iglesia. Por fortuna para ellos, en aquel mismo momento (pág. 101) pasa de nuevo a sus espaldas no aquel obrero progresista, sino el mismísimo arquitecto, quien no puede evitar acercarse a los muchachos y explicarles, de manera muy didáctica, cómo se construye una catedral, por qué se usan determinadas materiales, cómo se ha de colocar la clave de bóveda, qué es un ábside, un contrafuerte, una archivolta… Yo comprendo que en una novela como ésta, lineal y elemental como una sopa de sobre, en una novela medrosa en que desde la distancia de siete siglos un narrador omnisciente va narrando todo lo que ocurre, sin acciones paralelas ni salidas del carril, en una estructura tan básica comprendo, decía, que resulte muy difícil introducir las explicaciones arquitectónicas que Ildefonso cree son necesarias. Pero aun así, ¿no habría algo más evolucionado literariamente, algo con un poco más de imaginación que la súbita verborrea del jefe de obras que pasa casualmente por allí?

La obra se interrumpe en la pág. 114 y no para el almuerzo de los albañiles, sino porque Ildefonso ha visto un hueco donde meter a presión buena parte de la documentación que ha acumulado y que, claro —y a ello le animan sus asesores—, no es cuestión de desperdiciar. En dicha página tañen de pronto las campanas y todos los obreros, los canteros, los mercaderes, tot el camp en general, se ve obligado a dejar las herramientas y tomar las armas. Los derechos de Barcelona parecen verse amenazados por una especie de contencioso feudal; Ildefonso, que por lo que leo en la contraportada es abogado, nos habla un poco sobre las curiosas costumbres legales de la época. Luego hace que los barceloneses salgan a la calle tras el pendón de Sant Jordi, y en formación cerrada, para poderlos describir, les da un paseo hasta Sitges. Finalmente, todo resulta ser una falsa alarma y en la pág. 121 los obreros vuelven de la excursión y retoman sus ocupaciones.

He dicho más arriba que la documentación histórica, a la hora de novelar, es inútil si no se acompaña de unos personajes que se comporten, actúen y sientan al modo de la época. Un ejemplo escandaloso de esta incongruencia entre los decorados y lo que ocurre en escena puede encontrarse en la pág. 129. El bonísimo Bernat decide adoptar al amigo de su hijo, ser para él como un padre a todos los efectos, salvo los legales. Cuando le comunica la decisión al muchacho, éste no dice ni que sí, ni que no, ni que cuánto; como sola respuesta se ilumina su cara. “¿Significa eso que sí? —preguntó Bernat”. La expresión es propia de los tiempos modernos, e incluso ahora parece impostada; es, más bien, una expresión de telefilm norteamericano de tarde de domingo. Absurda por completo en una novela ambientada en la Edad Media.

Bernat, mientras (pág. 133), ha pasado de alfarero a palafrenero. Como era de suponer, apenas ingresar en las caballerizas sobresale por lo bien que trabaja, lo limpio que es, los cuidados que presta a las caballerías: “Sabía tratarlos, alimentarlos, limpiarles los cascos, curarlos si era menester…” Lo único que se le da mal es “el embellecimiento”; Bernat no comprende por qué los caballos han de llevar tanto perifollo, tanto lacito y tanto arnés. Él los prefiere sueltos, libres, ligeros. Pocos, en fin, tan enrollados como Bernat.

Pág. 138: al ahijado de Bernat se le muere la madre y los dos muchachos quedan, pues, huérfanos maternos, por lo que, en una emotiva escena, deciden adoptar a la Virgen como máter amantísima. Desde los tiempos del reverendo padre Martín Vigil, que también fue bestseller en los lejanos días, ¡ay!, de mi adolescencia, no había leído nada igual de… cómo calificarlo… igual de.

A la bonísima familia Bernat y sus no menos bonísimos allegados no hacen más que surgirles enemigos, todos ellos, en el fondo, por envidia. Para la pág. 151 ya son cerca de la docena. Entre ellos, una pérfida madrastra.

Grau, el cuñado de Bernat, transformado ya en preboste, prevé en la pág. 156 que se avecinan malos tiempos, tiempos de hambre y escasez, entre otras cosas porque “se siguen utilizando los mismos aperos de labranza y las mismas técnicas que utilizaban los romanos, ¡los romanos!”, exclama el preclaro directivo. La tierra, así, está infraexplotada, dice Grau, y es difícil que se sucedan más anacronismos en una sola escena. En primer lugar, los medievales no tenían, ni sospechaban siquiera, la idea de progreso febril que azota al hombre de hoy; ellos no sufrían ningún prurito por evolucionar ni sentían que el anclaje en el pasado fuera algo digno de evitar. En segundo lugar, los romanos tampoco les quedaban tan lejos, ni hablaban de ellos en el tono peyorativo que encierra la expresión; antes al contrario, la vieja Roma les parecía el paraíso perdido de cultura y refinamiento. Y tercero (que se me ocurra a mí, pero a poco que el lector piense podría seguir acumulando incongruencias), leyendo a Ildefonso y sus asesores uno podría pensar que a lo largo de la historia los inventos han sido algo premeditado, y nada más falso. Hoy sí, efectivamente, es posible que alguien se encierre durante horas en un laboratorio con el propósito específico de “inventar algo”, pero antaño las cosas sucedían de otra forma. Antaño eran ideas espontáneas, ajenas a la voluntad del creador. No dijeron los neolíticos, por ejemplo, “vamos a inventar la agricultura”, ni los cretenses “perfeccionemos la cerámica”, ni un prehistórico se levantó de pronto con la idea de “a ver si se me ocurre el vaso campaniforme”. De igual manera, ningún medieval, al ver las técnicas de cultivo de su época, pensaría en que había que revolucionarlas, ni se diría: ¡ah, si tuviésemos tractores cosecharíamos mucho más!

Acaece, como previera Grau, el crack económico, y Bernat, siempre tan eficiente, se alza (pág. 165) como instigador de una insurrección popular, como cabecilla de los hambrientos. A consecuencia de ello, cuando los soldados finalmente sofocan la revuelta, sin parar mientes en la majeza de nuestro protagonista, le ahorcan en la pág. 167 y le dejan en la plaza pública, expuesto a la pudrición, durante varios días. Aquí la narración, justo es decirlo, asciende varios grados y alcanza notas sinceras de sensibilidad… hasta que pocas páginas después el hijo de Bernat, Arnau, Antígono de nuestros tiempos, decide descolgar, saltándose la prohibición, el cadáver de su padre y cremarlo dignamente. Para ello lleva a cabo una especie de acción de comando, una maniobra digna de Steven Seagal, cuya descripción a lo largo de varias páginas rompe, señores asesores, toda empatía dramática. Baste decir que, en la pág. 175, Arnau, cumplido su objetivo, acaba corriendo delante de los guardias, mientras le pasan rozando lanzas y flechas porque todavía no se habían inventado las balas. En fin, esa escena que le hubiera gustado narrar a Sófocles pero que, entretenido en otras cosas, se le pasó por alto.

Sin que haya recuperado el resuello, nuestro nuevo héroe se ve involucrado en un malentendido largo de explicar, aunque es preciso señalar que buena culpa del embrollo la tiene el hecho de que Arnau se hubiera embadurnado la cara de barro, tipo Rambo, para llevar a cabo su sorpresiva acción. Por ello es que le toman por un ladrón. A resultas de lo cual (pág. 178), se abre un nuevo capítulo, consistente todo él en una especie de investigación detectivesca. ¿Quién se ha llevado el cepillo de la iglesia en obras? Esto de las pesquisas y el rollo policiaco ambientado en una época histórica es una suerte de subsubgénero que, desde El nombre de la rosa acá —y de sobra lo saben los asesores de Falcones—, tiene mucho éxito entre el lectorado común. Y como esta Catedral del mar tiene espíritu de compendio, en el sentido de meter dentro todo lo que pueda ser susceptible de triunfar, siguen pues diez páginas de detectivismo medieval.

Según acaba el capítulo, comienza otro donde se nos cuenta que nuestro nuevo héroe, Arnau, digno heredero de su padre en lo enrollado y estupendo, ha comenzado a trabajar como porteador de piedras en las obras para la iglesia. Se nos describen por extenso sus primeros portes y lo mal que lo pasó. Acaba el capítulo. En la siguiente página se abre otro capítulo donde se nos narra que Arnau se enamoró de una vecina, pero por culpa de su padre (del padre de la vecina) no fue correspondido. Naturalmente, lo paso muy mal. Fin de capitulo. En la siguiente página comienza otro donde se nos cuenta… Todo en La catedral del mar funciona así, capítulos como compartimentos estancos, sin relación alguna entre ellos, sin que acierten a unirse y compactarse en una estructura superior, ya no digo que lleguen a crear una ilusión de realidad. La novela funciona como un coche de mecánica simple que avanza a tirones, soltando de vez en cuando alguna pedorreta por el tubo de escape, a causa de una mala explosión. O como una orquesta en la que ora sonara el oboe, cuando se extinguiera su eco entrara un violín, apenas callara éste surgiera un violonchelo… Esto no será nunca una sinfonía, como seiscientas páginas encuadernadas una detrás de otra no llegaran sólo por eso a ser una verdadera novela.
Por supuesto, ni asomo de una inquietud personal, una idea, una visión del mundo que el escritor quiera comunicar a sus lectores. Eso de las novelas con sentido son antiguallas, propio de la época en que escribir era una tarea artesanal, rudimentaria si se quiere. Hoy, y gracias a empresas como Falcones S.L., escribir es la transformación mecánica de una materia prima para la consecución de un bien de mercado.

A todo esto vamos ya por el capítulo 24 (pág. 253). Arnau acaba de contraer matrimonio pero aquella vecina con la que no pudo casarse viene a trastornarle con continuas propuestas de adulterio. “No pienso perderte”, le dice la vecina. “No entiendo mi vida sin ti”. “Te necesito”. Al final, Arnau, siempre tan bueno, accede a los ruegos de su adyacente y se pierde nocturnamente con ella por la montaña de Montjuich (pág. 256), más o menos por el mismo lugar donde siglos más tarde se alzaría el estadio Lluis Companys, en el que juega sus partidos en casa el Real Club Deportivo Espanyol. Fundado el 28 de octubre de 1900, el RCD Espanyol se caracterizó en un principio porque todos sus jugadores eran catalanes o del resto de España residentes en Barcelona. En los primeros años de existencia del equipo, la camiseta que lucía era de color amarillo, pero en 1909 el equipo adoptó sus actuales colores blanquiazules. En mayo de 1902, el Club Español de Football participó en el primer campeonato de España, y su primera gran conquista fue la consecución de la Copa Macanya, en 1903… ¿Que por qué te estoy largando, oh lector inflacionista, todo este rollo sobre el por otra parte dignicísimo Real Club Deportivo Espanyol? Pues más o menos por lo misma razón por la que Ildefonso se lanza, a partir de la siguiente página, a contarnos los problemas políticos entre el rey Pedro III el Ceremonioso y su cuñado, el rey Jaime II de Mallorca, las discusiones que mantenían sobre los condados del Rosellón y la Cerdaña, las paces que quiere imponer entre ellos un Papa… Más o menos por lo mismo.

De toda la vida, por cierto, yo había leído sobre Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso. En este libro resulta ser Pedro III de Catalunya, también Ceremonioso pero rebajado, seguramente a causa del famoso 3%.

Al fondo de toda esta faramalla historicista creo ver, sin embargo, una luz. Si se nos cuenta todo esto es porque, finalmente, a causa de ello sobrevino una guerra y en ella se alistó el bueno de Arnau, para huir del acoso de su vecina. A estas alturas (pág. 275), ya me he congraciado algo con Ildefonso, con quien andaba reñido casi desde aquella “alma en pena” inicial. Falcones escribe bien, al menos con propiedad, y desde luego mucho mejor que quienes hoy en día se infatúan de literatos. También pone interés, ganas e incluso pasión en aquello que escribe, procura hablar claro en todo momento y se adorna sólo lo imprescindible. Ocurre no obstante que Ildefonso considera (y no es culpa suya, pues así seguramente lo creen sus asesores, y el común del público en realidad), considera, digo, que novelar consiste sencillamente en ponerse a contar cosas. Una novela es, según este concepto, una sucesión de peripecias. Y en éste libro ciertamente sobran peripecias, y aun para todos los gustos, pues en la guerra Arnau se une a los famosos almogávares catalanes, y descubre a su madre (la suya, de Arnau) que ejerce de prostituta para la tropa… Cualquiera de los episodios de esta novela, literariamente bien tratado, bastaría por sí solo para constituirse en base, trama y argumento de una novela autónoma. La huida de la gleba de Bernat, las dificultades con que se encuentra en Barcelona, el vagabundeo de Arnau, de niño, por las obras de Santa María, la relación de amor y odio con su vecina… Cualquiera de estos avatares, aislado del resto, bastaría para construir una buena novela donde se investigara sobre las motivaciones de los personajes, o sobre la naturaleza humana, o se intentara analizar una situación histórica. La catedral del mar, sin embargo, carece de cualquier profundidad, es un lago extenso en el que en todo momento, incluso en el centro, se hace pie, no hay pretensión alguna de análisis ni se quiere desarrollar ningún pensamiento, no hay nada, creo que ya lo he dicho arriba, ninguna idea superior (o yo, al menos, no la veo) que coordine y dé sentido a toda esta sucesión de aventuras. Sólo se busca entretener acumulando materiales, fiebre grandilocuente, síndrome de acopio, creo que ya lo he dicho también, de nuestros días. Vendría a ser, valga la comparación, como un nuevo Madame Bovary en el que toda la trama concebida por Flaubert, aligerada de fondo, concentrada en la anécdota, ocupase el primer capítulo; dicho lo cual de forma rápida y muerta Emma, en el segundo capítulo se narraría cómo Charles se casa con otra mujer; en el tercero muere Charles y su viuda monta una ferretería; en el cuarto la viuda se ve implicada en un asesinato; en el quinto, aclarado todo, ocurre un terremoto y la nueva Madame Bovary se arruina… y así cerca de sesenta capítulos, como tiene esta novela. Cuanto más y más rápido, mejor, y en cuanto se llegue a las seiscientas páginas, tamaño comercial idóneo, punto final.

Voy, pues, aligerando yo también. Otro de los errores de Falcones, éste ya menos imputable a la época, es la creencia de que construir un buen personaje significa construir un personaje muy bueno. En Barcelona ha aflorado la peste (pág. 319) y el pueblo, en una reacción típica medieval, echa la culpa de la plaga a los judíos. Arnau, recién llegado de la guerra, apenas acabar el preceptivo canto al pacifismo, se alza ahora como defensor de los judíos amenazados de linchamiento por la turbamulta. Estos, en agradecimiento, le largan un discurso de casi veinte páginas sobre sus creencias y sus costumbres. “A lo largo de los tiempos nuestra comunidad ha sido expulsada de muchos países; lo fue de nuestra propia tierra, después lo fue de Egipto, más tarde, en 1183, de Francia, y pocos años después, en 1290, de Inglaterra…” Lo que se dice un discurso enciclopédico.

En la pág. 364, Arnau, siempre tan bueno, apadrina una niña.

A todo esto, nuestro héroe se ha hecho inmensamente rico casi sin querer y, además de en hacer el bien dando préstamos sin intereses a los necesitados, decide en la pág. 373 vengarse de su antaño patrón Grau y de la malvada madrastra que en su día le oprimiera. Una venganza en clave decimonónica, al estilo de El conde de Montecristo. Sin embargo, lo que en Dumas (ah, qué recuerdos de los días de mi adolescencia) era pasión, intriga, ritmo, interés y tensión constantes, en La catedral del mar se resuelve en cuatro patadas y para la pág. 392 Arnau ya ha consumado su venganza. “Perfecto —felicitan los asesores a Ildefonso—, y sobre todo muy práctico. Así todavía nos quedan más de doscientas páginas para que sigan ocurriendo cosas”.

Como en el Medioevo, la verdad sea dicha, no había mucha variedad de sucesos donde elegir, en la pág. 393 se suscita otra guerra. Sospecho que, cuando ésta se acabe, se desencadenará otra peste. Por aquel entonces, eran bastante rutinarios.

En la pág. 401, Arnau, con una genial estratagema, gana la guerra. A causa de ello, la gente le felicita por la calle. Pero aún hay más: el rey Pedro III, en agradecimiento a su valor, le propone casamiento con su pupila y emparentar así con él (el rey con Arnau). A Arnau, que tiene ideas propias sobre el matrimonio, el ofrecimiento no le hace mucha gracia, pero acepta, sin embargo, más que nada por no hacer un feo a Su Majestad.

En la pág. 425, Arnau acaba con el feudalismo. Le han concedido una baronía por los servicios prestados y, según toma posesión de ella (esa misma tarde, he creído entender, o al día siguiente a más tardar), declara abolidos los derechos feudales y libera a los siervos. La gente le aclama. Su madre y su ex vecina, que se encuentran entre el público y que le escuchan atónitas, “con los sentimientos a flor de piel”, también prorrumpen en aplausos. A la mujer de Arnau, que es noble, estas excentricidades no acaban de gustarle.

La cuarta parte de esta novela (pág. 471) se titula “Siervos del destino” y en ella los malos parecen coaligarse entre sí para buscar la perdición de Arnau, enfurecidos porque su bondad choca de pleno contra su vileza. El que más avilantez muestra es un tal Navarcles, hijo del infame caballero del principio. Este nuevo Navarcles muestra mucha avilantez. Y además muy mala leche. Entre unos y otros, precipitan a Arnau al fondo de un calabozo, reo de la Santa Inquisición (pág. 490). Se le acusa de lascivia y prácticas judaizantes, por haber abrazado, a la vista de todos, a una joven judía cuyo padre estaba siendo quemado vivo. La ignominia de esta acusación (por lo demás verosímil y muy bien planteada, es de ley reconocerlo, señor Falcones) bastaría por sí sola para componer un emotivo capítulo, incluso una emotiva novela autónoma sobre el fondo de maldad y putridez del Santo Oficio y, a partir de esa base, sobre todos los fanatismos religiosos que en el mundo han sido.

Pero de nuevo Ildefonso y sus asesores consideran que el colmo de la elegancia es ponerse el bombín encima de la chistera, y en la misma mazmorra en que Arnau, en buena literatura, se tendría que estar debatiendo contra la injusticia y la vileza, el autor encierra (pág. 516) a Francesca, la ya anciana madre de nuestro héroe, que hasta dicha página ha mantenido en secreto su maternidad. Se monta a partir de entonces una intriga algo vodevilesca en torno a si el hijo acabará reconociendo a la madre o si está hará o dirá o mostrará algo que la haga reconocible al hijo.

La tensión no mina, pese a todo, a nuestro protagonista, que en la pág. 560 saca fuerzas, como diría Antonio Gala, de flaqueza para decirle al señor inquisidor lo que piensa: que todos los hombres, judíos o moros o cristianos, son iguales, que, dicho en otras palabras, nadie puede ser discriminado por razón de raza, sexo o religión, nacionalidad o tendencia sexual… Ante esto, el del Santo Oficio suspende el interrogatorio, seguramente para recapacitar sobre lo dicho, y Arnau vuelve a su celda ufano. Se creerá éste que por ser inquisidor me va a achantar a mí, parece que se va diciendo.

El inquisidor, a todo esto, es retratado como un pérfido, un riguroso y un soberbio de más de la marca a fuer de hacerle exclamar a todo pasto ¡pero cómo os atrevéis! cada vez que alguien le replica. En ocasiones (pág. 588 y siguientes) lo dice hasta tres veces en una sola conversación.

Todo parece encaminado, como en las películas norteamericanas, para acabar con un gran juicio final en el que se escenifique la victoria de los buenos, pero no, que en la pág. 591 el pueblo de Barcelona, conmovido por la suerte de uno de sus mejores hijos, asalta la cárcel inquisitorial, saca de ella a Arnau, lo pone en un barco con la mujer que ama y lo envía no me he enterado muy bien dónde hasta que se tranquilicen las cosas. Lo cual sucede pronto, porque ya quedan pocas páginas. En la pág. 623 mueren los malos molt malament, quiero decir de muy mala muerte, y en la pág. 628 se nos presenta a Arnau de nuevo en Barcelona, muy feliz y rodeado de los suyos. Fin.

14 comentarios:

  1. No he leído el libro, pero a través de la crítica veo que el asociacionismo progre barcelonés, subvencionado o no existe de muy antiguo.

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  2. Gracias por tu crítica acompasada, M. Clandestino.

    Corro a comprarme 'La Catedral del Mar' de inmediato.

    Saludos.


    Alain Robbe-Grillet

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  3. Entonces el libro no dice en qué fecha arribaron los primeros editores a barcelona???

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  4. Después de tres o cuatro intentos y esta crítica acompasada, he decidido desistir de leer este libro. Ahora comprendo mejor por qué, invariablemente, antes de llegar a la página 100 estaba tan descolocado que me veía obligado a dejarlo.

    Afortunadamente el ejemplar que tan hercúleamente ha resistido mis valerosas acometidas era prestado.

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  5. Si quieres historia leete un libro de historia y no una novela... Al parecer no sabes hacer la diferencia...

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  6. El libro presenta errores de historia de bulto, llegando a ser algo más parecido a un panfleto adoctrinador de las tesis del nacionalismo catalán que una novela supuestamente histórica: Confunde Pedro IV con Pedro III, ya que el nacionalismo catalán no reconoce a Pedro I; lo ubica en un "Principado de Cataluña" que si es más que discutible si en algún momento llegó a existir, desde luego no existía en la Edad Media....etc

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  7. PUES A MI, SIMPLEMENTE, ME GUSTÓ, Y MUCHO, NO HAY QUE OLVIDAR QUE ESTO ES FICCIÓN Y QUE SU ÚNICO PAPEL ES ENTRETENER, YA TENGA ERRORES HISTÓRICOS, O LO TUNEASEN OTROS ESCRITORES (EL PROGRAMA DE BUENAFUENTE TIENE GUIONISTAS....)

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  8. Hombre, algún desliz histórico tienen todas las novelas y no pasa nada, pero presentar a tipos medievales con pensamientos progresistas del siglo XX es un error garrafal, y hace falta tener muchas tragaderas para pasarlo por alto.

    Nada hay de malo en las obras colectivas, y algunas son muy meritorias. Lo malo es que te presenten esto como un producto artesanal cuando en realidad es bollería industrial

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  9. Estuve echando un vistazo a la novela y buscando algún párrafo en el cual se describiera la manera de ser y de pensar de algún personaje y no encontré ninguno. De aspectos psicológicos: 0, todo encefalograma plano. Por supuesto no la leí.
    Magnífica crítica.

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  10. No pude terminar ni el primer capítulo que tenían en descarga gratuíta a modo de promoción.

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  11. Yo tampoco puede pasar de las primeras páginas. Me pareció infumable. Desde el momento que convierte el derecho de pernada, que era el de cobrar por los matrimonios que se celebraban en su feudo, con el de follarse a la novia... Malo, pensé... Y ahí se quedó. Falcones y Zafón o Vidal (éste en plan más pretendidamente serio) son tal para cual. Fenómenos mediáticos sin sustancia alguna. Felicidades por su blog.

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  12. Menos mal que encuentro apoyo en esta página... y mucho más documentado que mi imposiblidad congénita para acabar esta novela... y otras...
    Gracias por la excelente crítica

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